sábado, 2 de febrero de 2013

Viaje al sur




Como todos los años los primeros calores anunciaban  la proximidad del temido viaje. Mi madre se afanaba más que nunca en las tareas domésticas y no mencionaba nada sobre mi partida. Sólo unos días antes de que llegara el fatídico momento hacía repaso de  las advertencias típicas que yo conocía tan bien:  no te lleves libros ya sabes que tu primo se aburre mucho si te pones a leer y no le contradigas, ya sabes lo que ocurre. No comas demasiado chocolate que te hace daño y procura no llorar, eso siempre ha irritado a tu tío.
Sin apenas darme cuenta me veía con los ojos anegados en lágrimas diciendo adiós a mi madre desde la ventanilla del tren expreso, jamás la veía de cerca porque siempre se quedaba parada al principio del andén, pero estoy seguro de que también ella lloraba.
El viaje era como un  trayecto hacia el centro del calor. Yo podía notar como mis poros se henchían, como mi sangre ralentizaba su ritmo y todo mi cuerpo entraba en un estado de lasitud que ya no me abandonaría durante toda mi estancia. ¿Por qué había de abandonar a mi madre y a mis amigos? Mi melancolía se acentuaba y se hacía más profunda a la vez que el paisaje que divisaba desde la ventanilla iba pasando del verde intenso a un ocre triste y parduzco.
La llegada era igual todos los años. Mi tío me recogía en la estación de Valencia. Era hombre callado, serio y adusto. Jamás me dio un beso o me cogió de la mano. Yo bajaba  del tren, asustado y tambaleante,  y lo descubría a lo lejos, en posición de firmes, con las manos  juntas por delante del cuerpo.  Cuando llegaba a unos metros de él me interrogaba, más que me preguntaba, por mi salud y después en raras ocasiones volvíamos a hablar durante el resto del verano.  Subíamos en su Renault 12 y nos adentrábamos en un laberinto de calles y carreteras que nunca logré descifrar. En esos momentos, yendo hacia la casa que con el transcurso de los años he acabado por heredar, cerraba  los ojos y, sin esfuerzo, podía ver ante mí, oscilante por el viento, el bosquecillo de olmos que veía desde mi habitación y, más allá, el río, cosas amadas todas ellas y que desaparecían de mi vida por tres meses. Mi tío me hacía caer de golpe desde mis cielos imaginados y yo oía la consabida pregunta de, ¿no te habrás traído libros? No tío, no.
 La casa era enorme o así se aparecía a mis ojos de niño, aunque en las fotos que he visto esta mañana en los periódicos no lo parecía tanto. No sé, yo recuerdo un caserón de tres plantas, abajo un enorme vestíbulo con varias estancias cerradas  por unos enormes portalones de madera oscura, y en muchas de las cuales jamás llegué a entrar. Sólo una de aquellas puertas no estaba clausurada para mí, era la que daba a la farmacia de mi tío, allí veía con frecuencia a Carlos, su joven ayudante, que estudiaba farmacia en Valencia y que se convirtió en mi mejor amigo, a pesar de la diferencia de edad. Anoche mismo Carlos me llamó por teléfono para contarme con voz temblorosa lo sucedido, y es curioso, le escuché referir aquellos terribles hechos sin inmutarme, como si en el fondo de mí mismo supiera desde siempre que aquello iba a acaecer.
Todos los años el encuentro con mi primo era dramático, tardaba en acostumbrarme a su compañía. Habituado a mi encerrada vida del norte, viendo caer la lluvia sin cesar, imaginando tras la ventana mil historias, me encontraba de repente en un lugar diáfano, lleno de luz, un lugar dónde todo era realidad y no había espacio ni tiempo para la imaginación.  ¡Como añoraba los bosques de mi tierra y las tardes haciendo las tareas de la escuela junto al brasero! La única tranquilidad de la  que pude disfrutar en compañía de mi primo la constituían  las escasas horas que permanecíamos en la buhardilla, él estudiando para septiembre, y yo rememorando o tratando de adivinar, mientras que observaba maravillado aquel cielo tan azul, de una intensidad que jamás tenía en mi tierra, lo que le sucedería al héroe o la heroína de las novelas que Carlos me leía clandestinamente algunas noches. Pero eran momentos casi fugaces porque enseguida él se cansaba y salíamos  a la huerta o si nos habían encerrado, cosa mucho peor, me obligaba a acompañarle escapando por el tejado de la casa; más de una vez estuve en un tris de caer mientras que oía sus risas a mi espalda provocadas por mis apuros.
Mi primo me hacia levantar temprano, le gustaba venir a mi pequeña habitación del vestíbulo, entrar con sigilo y despertarme con un grito, parece que se divertía mucho viendo mi cara de terror al despertar. Apenas desayunábamos los dos, salíamos a la pequeña  huerta y de allí por el portón trasero a las afueras del pueblo, llenas de campos y acequias que los atravesaban en todas direcciones como tela de araña. Corríamos por aquí y por allá, él siempre provisto de un bote grande de cristal que se ataba a la cintura con una cuerda, allí encerraba sus caza: ranas, lagartijas, saltamontes, incluso culebras. A mí me fascinaba su energía, su  valor, puesto que yo era incapaz de acercarme a una culebra a menos de diez metros y aun las lagartijas me imponían un poco de respeto. Por la noche, antes de cenar, ya en casa, me obligaba a acompañarle a la rebotica y robaba al azar varios medicamentos inyectables, después nos íbamos al patio y allí componía un cóctel con ellos, llenaba una gran jeringuilla que tenía escondida y se lo inoculaba a uno de sus bichos. Era una de sus diversiones favoritas, yo veía plasmarse en su rostro una mueca en forma de sonrisa cuando observaba las feroces convulsiones que solían asaltar a la desventurada lagartija o rana que había sido elegida para el suplicio, aunque por lo general el brebaje causaba a los animalitos una muerte inmediata y sin espectáculo. Lo peor fue cuando le aplicó la misma medicina a Tristán, el gato de mi tía; yo corrí a avisarla pero cuando llegamos al patio era tarde, él sonreía con tranquilidad mientras que el gato yacía patas arriba en el empedrado.
 Mi tío casi no convivía  con su familia, se encerraba en la farmacia y sólo salía por la noche, después del cierre. Mi tía, en cambio, soportaba a su hijo todo el día, por eso mis estancias veraniegas suponían para ella una tregua. Ahora sé que ella sufría mucho. Su silencio casi constante, su mirada melancólica, sus habituales suspiros, eran los de una mujer derrotada y triste. Apenas hablábamos fuera de las conversaciones obligadas por la rutina, ve a lavarte las manos, sécate el pelo antes de acostarte, ponte la loción contra los mosquitos. Por eso cuando mi tío tenía que llevar a su hijo a la revisión mensual, aquella pobre mujer aprovechaba el día de libertad para hablar sin parar conmigo y contarme la vida de mi madre y ella cuando jóvenes allá en nuestra tierra. En aquellos días de tregua para los dos, me sentaba en sus rodillas después de comer y mesaba con sus dedos mi pelo y me besaba dulcemente en la cabeza, aunque yo sentía que no era más que un objeto para sus caricias, tanto le hubiera dado cualquier otro.
Pasé aquellos veranos en medio de un frenesí físico y atlético constante que nunca más he tenido, pero que, sin duda, fortaleció mi enclenque naturaleza. A mi primo le gustaba que fuésemos a saltar las acequias pequeñas y buscaba los vados mas difíciles para que la hazaña fuese mayor. Las más de las veces yo me negaba, se me aparecía la distancia entre las orillas de la acequia, que él acababa de salvar sin dificultad, más grande que la que mediaba entre las dos de los grandes ríos allá por mi tierra. Él, cuando había cumplido el salto, me miraba orgulloso y desafiante, con el convencimiento de que había vencido. Siempre había de ganar a algo, saltar más que yo, correr más que yo, gritar más fuerte que yo en el inmenso silencio de la huerta o encaramarse al níspero más alto, aquel que se veía desde mucha distancia. En  más  de una ocasión cuando, por ventura, parábamos en alguna sombra de naranjo para refugiarnos del gran sol, le veía nervioso, inquieto y mordiéndose con fuerza la lengua como si le viniese un dolor muy grande, entonces se levantaba y me ordenaba: ¡vamos!
 Durante los varios años que fui allí a veranear, apenas nos veíamos con los otros chicos del pueblo. Si alguna vez nos cruzábamos en algún lugar con otros chavales le saludaban de una forma distante y siempre tuve la sensación de que a mí me miraban como si fuera un bicho raro. Seguramente conocía a todos los chicos del colegio y desde hacía muchos años, pero él prefería andar solo con sus cosas, entre ellas, yo. Poco a poco, con el correr de los años y los veranos, intuí que ésa era mi misión, ser un juguete vivo para él, un juguete que, por alguna causa desconocida, apaciguaba su atormentado interior.  La única amistad que le conocí fue el hijo de un colega de mi tío que solía venir con su familia a pasar algún día en el campo y comer una paella. Era un chico alto, muy pálido y muy callado. Nos pasábamos el día bajo las órdenes de mi primo, concurriendo en las pruebas a las que nos sometía, y que yo conocía bien, subir a los árboles, saltar acequias y cazar ranas, sapos y lagartijas, concursos, de los que no hace falta decir, él salía siempre ganador.
   Recuerdo una de aquellas mañanas tan bien como si hubiese sucedido hoy mismo. Más allá de la huerta, donde se perdía la mirada, atravesando campos de naranjos, huertas enormes y arrozales estaba el mar, así lo había oído yo en las conversaciones durante varios años. Yo jamás había visto el mar, mi madre en las tardes de invierno encerrados en casa me había explicado lo que era, me hablaba de la inmensidad, del azul, del olor, del sabor salado y me prometía que alguna vez me llevaría. Pero sería mi primo el primero que me llevaría a ver el mar. La verdad que no sé en que verano fue, pero no era el primero que pasé ni el último, cuando un día me hizo levantarme muy pronto, apenas amanecido y sin que se enteraran sus padres nos pusimos en camino. Caminamos por más de dos horas, quizás, o más, incluso. El sol se había levantado ya por el horizonte  y, desde un enorme arrozal que atravesábamos vi al fondo el espectáculo, algo así como un enorme espejo azulado reflejando la luz que recibía. Avancé emocionado, absorto en lo que veía sin atender a la conversación que él me daba, cuando llegamos bastante cerca y subimos a un gran ribazo que bordeaba aquello, le pregunté  si eso que veía era el mar. No, ¡burro! esto es el lago, el mar queda más allá, pero no vamos a ir, me dijo. Pensé que si aquel lago era tan hermoso el mar debía serlo mucho más y recuerdo que formé el firme propósito de tener algún día el suficiente dinero para ir con mi madre al mar. Atravesamos un camino y a poco llegamos a un gran puente  que cruzaba el lago por un lugar en que se estrechaba, yo pude percibir el olor del que hablaba mi madre, y el color. El quiso que nos sentáramos en unos pretiles que había en las orillas del lago, decía que desde allí podría abatir algún pez, y a tal propósito sacó un tirachinas del bolsillo y colocó sobre su regazo unas cuantas piedras que había recogido. Yo, ajeno a sus maniobras, observaba alelado el espectáculo que nunca había visto, me emocioné deseando que mi madre hubiese estado allí, a mi lado, preguntándome si lo había descrito bien y yo sentía que sí, porque aunque aquel lago de agua salada no fuera el mar debía parecérsele mucho. De repente sentí una fuerte mano sobre mi espalda, un pequeño empujón bastó pues mi cuerpo estaba laxo con aquellas ensoñaciones. Sólo recuerdo el sabor ligeramente salado, el ahogo, los esfuerzos enormes chapoteando en el agua mientras intentaba inútilmente  hacer  pie, y su risa estridente. Aún no sé por qué, después de divertirse un buen rato viendo como yo me debatía, acabó por tenderme la mano a la que me agarré con fuerza, aunque un instante antes había sido la de mi verdugo. Se burló de mí porque a mi edad aún no supiera nadar y luego se lanzó al agua acompañado de la misma risa que yo había oído mientras me ahogaba. Me quedé congelado, a pesar del calor, y aquellos escalofríos se grabaron para siempre en mí, y ahora, cuando el miedo me viene por alguna razón, vuelvo a sentir la sensación de esa mañana en el lago y un lejano eco, apenas perceptible, me devuelve su grotesca risa.
Carlos, el ayudante de mi tío, fue el único amigo que tuve en aquellos largos y calurosos días. Las escasas ocasiones en las que podía zafar de mi primo me las pasaba en la farmacia con él, sobre todo las tardes tórridas en las que todos hacían la siesta, menos Carlos y yo. Me enseñaba con su vademécum farmacéutico los principios de las sustancias y, aún hoy en día, me atrevo, echando mano de aquellos conocimientos, a recetar a mi madre algunos remedios para sus achaques. Carlos era y es serio y franco. A pesar de haber nacido en ese sur caluroso y evanescente, de gentes de doblez, tenía un carácter sincero, siempre de frente. Las noches de guardia yo acudía a la rebotica sigilosamente y las pasaba compartiendo con Carlos su lectura, qué placer escuchar su modulada voz leyendo, al tiempo que nuestros cuerpos se relajaban en la tregua que el frescor de la noche les brindaba. Recuerdo una noche de esas de lectura, no podría olvidarla aunque quisiera. Fue el último verano que tuve que ir, siendo mayorcito, ya con quince años. Aquella noche habíamos cambiado los papeles y yo leía en voz alta a Carlos un párrafo sublime de  Combray, ... pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan... de pronto mi primo irrumpió en la trastienda con los ojos marcados  por venillas de un rojo intenso, insultando a Carlos se abalanzó sobre él con furia, después de un forcejeo, Carlos logró quitárselo de encima, entonces gritando de una forma que me paralizaba, arrojó al suelo las estanterías con todos los preparados, le cayeron encima muchos vidrios de las botellas y se quedó allí, en medio de aquel destrozo, sin parar de aullar mientras que múltiples reguerillos de sangre le surcaban el rostro.  
Hoy, acompañado por el traqueteo rítmico del tren que me lleva de nuevo hacia el escenario de mis infernales veranos, rememoro aquellos días,  y no puedo evitar un miedo indefinido y profundo, al pensar que por fuerza, deberé volver a la casa e iniciar los trámites para su venta. Inevitablemente me explicarán dónde encontraron este y el otro cuerpo, cómo fue y cuándo, por eso  no he querido que mamá viniera conmigo, quiero ahorrarle ese dolor. Pero me asusta que la vuelta  a ese lugar resucite en mí los espectros que, casi quince años después, ya estaban difuminados. El miedo, la ansiedad permanente y esa sensación viscosa de tener la tragedia a punto de cumplirse en cualquier momento, al instante siguiente.

viernes, 21 de diciembre de 2012

La loba


¡Ya tengo las pastillas!, he gritado. Apenas diez metros hasta tu habitación y habrá pasado la crisis, tan sólo cinco segundos y habrá acabado la angustia o quizás debería pensar que tu angustia seguirá, como antes, como ayer y como siempre. Entonces me ha venido a la cabeza como un fogonazo aquella película de Bette Davis que tanto te gustaba, La Loba, recuerdo como la mujer sostenía el botecito de las píldoras en la mano y permanecía inmóvil mientras su marido se arrastraba agonizante por el suelo implorándole con los brazos extendidos el remedio. Yo no tendría ni tan siquiera que verte en esos últimos momentos, podría evitar tus desagradables estertores, no soy morbosa. En realidad sólo debería pararme en medio de este pasillo que estoy recorriendo, esperar unos minutos y ya está. Y bien pensado no sería ninguna monstruosidad ¿o no estás de acuerdo papá? Seguro que no lo estarías, nunca lo estuviste conmigo, y no me refiero a mis ideas, a mi forma de ser, a mi físico, hablo de un no estar de acuerdo con mi persona, con toda yo, con el hecho de que esté en el mundo. La verdad, si hubiese llegado después que él lo entendería, pero cuando él nació yo ya tenía tres años, y a tan corta edad ya había notado tu indiferencia, tu frialdad, aunque no sabría decir cómo, puesto que apenas era una niña, pero ya lo sabía, ya me echaba a llorar cuando te acercabas a mí, y no era por la barba como se ha dicho siempre en la familia. Por eso me tortura esa especie de resentimiento innato que me has profesado.
 Me gustaría saber por qué nunca hemos hablado, por qué no nos hemos sentado el uno frente al otro y nos lo hemos dicho todo, nos hemos vomitado a la cara las horribles cosas que pensamos el uno del otro. ¿Sabes papá? hay muchas personas que lo hacen, incluso a menudo, debe ser como una purga, una evacuación de todos los pesos, los resquemores y los odios. ¡Ah! ¡Cuánto bien nos haría  a ti y a mí! que somos seres ostra, siempre encerrados en nosotros, rumiando nuestras desgracias, cociendo a fuego lento nuestros odios, día tras día. Porque tú y yo nos parecemos, mamá siempre lo dijo: se llevan mal porque son iguales. Y yo me pregunto papá,  es suficiente eso para que desaparezca cualquier afecto, ¿basta con tener el mismo carácter?
 Si me detuviese ahora y no entrara en tu habitación, donde estarás en la cama, probablemente, boqueando con desesperación para buscar aire  o, quizás, arrastrándote como el marido de la película, satisfaría un impulso que he sentido tantas veces y que he reprimido y amaestrado. Demasiadas veces, me he sorprendido, desde bien pequeña, cerrando los ojos y diciendo para mí que no existías, que eras una ilusión, que cuando abriera los ojos no estarías allí, igual que una losa sobre mí. Oigo tus profundos suspiros pero no me conmueven. ¡Mira a qué hemos llegado!, no debería, al cabo, correr nerviosa a darte las píldoras para que te recuperaras y no ralentizar mi paso deseando no llegar a tiempo. Ahora yo también siento un ahogo en el pecho, mi corazón se acelera a medida que mis piernas van parando, y siento los latidos en las sienes como un  tambor que me aísla.
Me pregunto qué pensarás ahora mismo, ¿estarás diciéndote?: ha llegado mi hora o, por el contrario, no lo pensarás, ni tan siquiera se te pasará tal idea por la cabeza, no me extrañaría, porque tú eres muy así, vas a la tuya, lo que ocurra alrededor no importa sólo lo que piensas, sólo tu mente es la realidad, el mundo. Para qué engañarse, cuando era recién nacida ya me condenaste en esa cabeza, en ese interior tuyo para siempre, cuando te dijo la enfermera en el hospital: es una niña, empezó mi proscripción y ninguna de las cosas buenas o malas que he hecho en esta vida ni los intentos de mamá por mejorarme ante tus ojos, han podido cambiar ese exilio de ti que he sufrido. Lo peor era verte cumplir la función social de padre a la perfección, venir a recogerme por las tardes al colegio, interesarte por mis estudios con las maestras y luego, cuando yo salía ilusionada, sentir tu gélida mano apretando la mía, tu ojos secos y duros que ni tan siquiera me miraban. Yo notaba, no sé bien por qué, como  los otros padres tomaban a sus hijas de la mano con una ternura infinita, aparentemente tú hacías lo mismo pero tu mano era de piedra y tu mutismo total. ¿Cuando hemos hablado entre nosotros papá?, apenas las conversaciones cotidianas de la vida y si hemos podido evitarlo, ni eso. Si aún hoy que nos hemos visto obligados a convivir diariamente casi no nos dirigimos la palabra. Pasas el tiempo delante de la televisión, tragándote todas las películas horrendas que echan, todos los programas insulsos de cotilleo, todos los telediarios. Te has convertido en un anciano ejemplar para todos. Me resulta patético oír decir  a las vecinas cuando vienen a verte, hay que ver lo bien que está y además está enterado de todo. Siempre fuiste como un mago que supo  escamotear su verdadero ser, a todo el mundo menos a mí. ¡Hasta a mamá!, la pobre pensaba que eras bueno, no le hagas acaso en el fondo te quiere, me decía. Pero yo sabía que no era verdad, desde bien pequeña, desde que venías a recogerme al colegio, desde que tenías que vestirme algún domingo y lo hacías medio a empujones, sin hablar, con un desprecio enorme para mí, que era una niña zarandeada, estirada de los brazos para que entraran el jerseyito, atemorizada porque no entendía a su propio padre que parecía el más insensible de los extraños con ella. A la edad que ya tengo, a la edad que ya tienes supongo que ya debía haberlo olvidado, ¡pero no!, está presente en mí aún la inquina que me has tenido, y toda la incomprensión que sentía hacia tu actitud se ha ido convirtiendo en odio, un odio irrefrenable, y que curiosa es la vida, tú que pudiste haberme matado, sé, sin duda, que lo pensaste, pero no encontraste la forma, ahora te ves en mis manos, ahora soy yo la que tiene poder de vida y muerte sobre ti. Este botecito que sostengo en la mano me lo da y sólo con no acudir a tu habitación, simular que no he oído tus suplicas y sentarme en el salón a esperar sería suficiente, además ¿quién se iba  a enterar?, ¿quién iba a sospechar de la hija fiel que cuida durante años a un padre inválido? ¿quién podría dudar a estas horas de que somos un dechado de fidelidad y de cariño? No, nadie, salvo tú y yo, conoce la lucha sorda que tiene lugar entre las cuatro paredes de esta casa, nadie se imagina, nadie intuye ni ha intuido nunca. Esta contienda la hemos librado los dos en silencio, sin manifestarlo a los demás. Nuestros conflictos se han dirimido en las miradas, los gestos, las medias palabras, las insinuaciones, pero nunca de manera abierta. Esta casa es un fragor silencioso, una lucha constante plena de estrategia para fastidiar al otro, y así tu ocupas el baño cada vez que intuyes que tengo prisa por salir o pones la televisión a todo volumen porque sabes que trabajo en la habitación contigua, y yo cocino esas habas fritas que tanto aborreces hasta que ya no puedo comerlas más, y así día tras día, desde ya no recuerdo cuántos años, ¿cuánto hace que murió mamá?, pues todo ese tiempo.
Pero lo que más me atormenta es no conocer el porqué de esa animadversión que me has profesado siempre. Claro tú deseabas un niño cuando yo nací, pero eso les pasa a todos los hombres que quieren hijos varones, todos se mueren de ilusión por dirigir a sus vastaguitos en la vida y conseguir que cumplan sus frustraciones, eso es normal, pero no se aborrece a una niña porque la naturaleza lo haya querido así.  ¿Y acaso tuve yo la culpa de que tu deseado hijo varón muriera a los dos años de vida? Sin embargo, desde aquel fatídico día, sé que me acusas de vivir, hubieras deseado tanto que la meningitis se cebara en mi y no en él, nunca lo has dicho, ¡jamás!, pero hay cosas que no necesitan demostrarse. Para ti soy culpable por ser,  por existir, y ¿quién puede escapar a semejante sentencia?
Te oigo jadear en la habitación mientras camino hacia allí y no me inmuto, no me inmutaré si cuando entro estás ya muerto, sólo  tengo que pararme y se cumplirá, sucederá, por fin me veré libre de ese peso inmenso que has supuesto para mí, una especie de rémora que me ha ahogado como persona, pero mis pies se colocan una tras el otro y avanzan como si pudieses regirlos desde tu silla de ruedas. Pienso y pienso, mi cabeza es un torbellino, siento la aguda tentación de no acudir en tu ayuda, pero en el fondo tengo la certeza de que te daré las pastillas, aunque no puedo evitar tener esa idea, la de acabar contigo y terminar para siempre esta guerra. Toda una vida en esta casa, yo he tenido alguna oportunidad de marcharme porque en mi trabajo no he dejado de conocer gente, dar clases de historia del cine, diría yo, que hasta tiene cierto prestigio, fuera de esta casa paso por ser una mujer moderna, de miras amplias, liberada, pero cuando penetro entre estas cuatro paredes es como si una especie de polvo se me pegara en el alma y me convierto en una pobre criada al servicio de tus egoísmos, me sorprende que te extrañes de que no traiga a ninguna de mis amistades a casa, ¿cómo puedes pensar que yo permita que vengan a ver esta especie de mansión gótica en la que vivimos? Por eso cuentas a todo el mundo que no tengo trabajo, que lo de las clases de cine es imaginación mía, que salgo diariamente de casa a la misma hora para simularlo. ¿Cómo puedes calumniarme de ese modo? ¿Por qué no me dejas ser una persona normal?
 Me llamas, oigo tu voz entrecortada desde la habitación pidiendo auxilio, pero tus gritos me afectan ahora igual que mis lagrimas te afectaban a ti, ¡nada! ¿Tuviste acaso compasión aquel verano en que estuve llorando dos días seguidos porque no quisiste llevarme al pueblo? Todos los años, desde que yo nací,  habíamos ido a tu pueblo a veranear, todos; y justo aquel año dijiste que ya estaba bien, que mejor ir a la playa, que a mamá le iría bien la brisa del mar para su asma. Justo el año que conocí a César, el único hombre al que yo, en fin... No podías permitir que tu hija fuera feliz ni tan siquiera que tuviese una vida normal, me imagino lo que tu mente elucubraba, como hervía de indignación al ver que alguien me amaba, y no podías permitir que yo viviera si tu amadísimo hijo no había tenido esa oportunidad, de modo que yo también debía morir como él, sólo que yo en vida. Seguramente ideaste que me convirtiese en una especie de fantasma por medio de un cruel método, el de coartarme la expresión, el de asustarme por ser, el de intentar impedirme pensar por mí misma y, en definitiva, despreciarme e ignorarme como persona. Y estuviste a punto de conseguirlo, bien sabes que fui una joven acomplejada y miedosa, sólo mucho tiempo después, quizás cuando murió mamá, comprendí cuál era mi unica posibilidad de sobrevivir, enfrentarme a ti y despreciarte como tu hacías conmigo. Y resultó, mi vida cobró sentido, ya no fue un desierto y se poblaba de cosas que hacer, mis días se llenaban de maquinaciones para herirte, para aislarte del mundo como habías hecho conmigo.
Apenas te oigo proferir una especie de ronquido, como si ya no pudieses hablar, pero yo sé que puedes, sé que lo haces adrede para hacerme sufrir, porque quieres que me sienta culpable, pero a mí eso ya no me hace mella, porque  los demás, la gente, no podrían culparme y yo, yo sé bien que tengo todo el derecho a dejarte morir, sólo es el justo reembolso por lo que me has dado en esta vida. Aunque a ti siempre te ha gustado afirmar que todo lo que sé me lo has enseñado tú, sobre todo porque me inculcaste el amor al cine y los únicos momentos de armonía que hemos tenido y que aún tenemos, han sido en el cine o ante la televisión abstraídos los dos en alguna de esas películas en blanco y negro que tanto disfrutábamos, ¿te acuerdas? Esa sería la única solución para ti y para mí, pasarnos la vida entera entre Garis Grants, Bettes Davis y Humpreys Bogarts. Más de cuarenta años de esta lucha sin tregua son bastantes, creo, y podría ponerles fin de una manera muy sencilla, con la inmovilidad. Nadie hubiese podido resistir durante tanto tiempo esta guerra, mamá no pudo soportarlo, por eso tengo la impresión de que murió tan tempranamente, y ella sabía bien lo que pasaba entre nosotros aunque jamás se insinuaba en esta casa nada sobre el asunto, pero ella lo sabía, por eso cuando estaba a punto de morir me dijo que no fuera cruel contigo, que lo hiciese por ella. ¡Era tan inteligente!, pensaba que yo querría vengarme de ti y acertaba, acertaba porque no se le había escapado la saña que habías gastado conmigo, aunque también tengo que reprocharle a ella que no me defendiese, podría haberte parado los pies para que no tratases de esa forma a una pobre criatura y, sin embargo, consintió en todas tus crueldades, hasta recuerdo bien la época durante la que rumiaste la idea de ingresarme en un manicomio, ¡que infamia! intentar semejante atrocidad con la propia hija, y mamá no se opuso, incluso me hizo acompañarla para ir a hablar con no sé cuántos médicos que sólo hacían que preguntar estupideces y que después cuchicheaban con mamá mientras a mí me enviaban a la antesala. Pero, mamá de lo único que es culpable es de no haber tenido valentía para enfrentarse a ti, se plegó a tus caprichos de tirano de esta casa, yo no, yo nunca transijí con tus despotismos, con tus rigidos horarios o con las rutinas que tanto te gustaban e intentabas imponernos.
Bien papá, apenas me queda un paso hasta la puerta de tu habitación, si espero más no creo que lo cuentes, quizás me he apiadado de ti o quizás creo que sufrirás mayor castigo prolongando esta situación, de modo que sí, pasaré a darte tus pastillitas. Al entrar veo que tienes la boca abierta y te has desgarrado la camisa buscando aire, y un hilo de saliva te resbala por la cara hasta el pecho, sé que te da vergüenza que te vea en una de tus crisis, por eso he permanecido un rato inmóvil, igual que Bette Davis en la película, observándote y complaciéndome en tu rubor deseperado y agonizante. Luego me he ido acercando lentamente hacia ti,  como si nada sucediese, pensando y estudiando cada movimiento que he ejecutado, cuando he estado muy cerca de ti me has cogido con fuerza de la manga de la chaqueta pero yo no he acelerado mis movimientos, con parsimonia he llenado el vaso de agua y después te he puesto la pastilla en tu lengua pastosa y agrietada que se me ofrecía obscena. Ya ves, papá, todos tus odios te los pago salvándote la vida casi cada día, pero estoy segura de que no comprendes ni aprecias tal generosidad, así que no me lo agradeces, al contrario, te quedas frente a mí suspirando aliviado y sudoroso. Se me ha ocurrido contarte que en el pasillo, cuando venía con las píldoras,  he recordado La loba, una película de la que, estoy segura, te acuerdas, y me has mirado con los ojos desmesuradamente abiertos, como si hubiera proferido una barbaridad propia de un monstruo, todo para hacerme sentir culpable de no se qué, puesto que ahí estás, bien vivo, ignorándome, aparentando estar asustado, pero yo sé que sigues siendo el hombre frío y calculador de toda la vida, sé que seguirás desde tu silla de ruedas urdiendo tramas para hacerme daño, pero los dos sabemos que yo tengo las pastillas, como Bette Davis, como en la película.

martes, 29 de noviembre de 2011

Anita


Ana, somnolienta, dejó caer el libro sobre su regazo.
Apenas si recordaba la última frase leída… Ana, somnolienta, dejó caer el libro sobre su regazo.

martes, 28 de junio de 2011

A una que pasa, un poema que inaugura la modernidad

Por primera vez se escribe un poema a una persona desconocida, a alguien que pasa por delante en la calle. Es el primer poema a la multitud anónima, a la masa, porque los desconocidos son la masa para nosotros. Baudelaire es el primero que ve materia poética en un personaje típicamente urbano, porque los desconocidos  solo existen en la ciudad, en esa ciudad que estalla en el siglo XIX y se impone a las formas de vida rural.
En fin, un poema iniciático, inaugurador de la poesía  moderna y hermosísimo por añadidura. He osado, o más bien perpetrado, una traducción rimada, ¡que Baudelaire me perdone!, aunque no lo haría.


A una passante

La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d'une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l'ourlet;

Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l'ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.

Un éclair... puis la nuit! - Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l'éternité?

Ailleurs, bien loin d'ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j'ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
O toi que j'eusse aimée, ô toi qui le savais!

A una que pasa

La calle ensordecedora  en torno a mí aullaba.
Alta, delgada, en luto de un dolor majestuoso,
Una dama vi pasar, con ademán fastuoso,
El dobladillo y el festón  balanceaba y elevaba;

Ágil y noble, con sus piernas de escultura.
Y yo bebí, crispado como un animal,
En sus ojos,  donde se gestaba el huracán,
El asesino placer y la letal  dulzura.

Un destello... tras él la noche, ¡fugaz beldad!
tu mirada de súbito me hizo revivir,
¿Y no te volveré a ver más que en la eternidad?

Más allá, ¡quizá jamás!, ¡pero lejos de aquí!
Yo ignoro dónde  huyes... tú no sabes  dónde voy,
Sabes que te habría amado, en tus ojos lo vi.

sábado, 2 de abril de 2011

El origen de la magdalena de Proust

Despues de muchos días y mucho esfuerzo y trabajo, retomo este querido espacio para hablar de literatura y qué mejor manera de hacerlo que evocar los orígenes de la famosa magdalena proustiana y de las reminiscencias del tiempo, tesis principal de La recherche.  La traducción es propia, un fragmento de la traducción inacabada, aplazada, añorada de Contre Sainte Beuve que incié hace unos años

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Cada día concedo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que es fuera de ella donde el escritor puede recuperar una parte de nuestras impresiones pasadas, es decir alcanzar algo de él mismo es la única materia del arte. Lo que la inteligencia nos devuelve bajo el nombre del pasado no es el pasado. En realidad, como les sucede a los espíritus de los muertos en ciertas leyendas populares, cada hora de nuestra vida, enseguida muerta, se encarna y se oculta en algún objeto material. Esas horas de vida quedan cautivas, para siempre cautivas, a menos que reencontremos el objeto. A través de él las reconocemos, las llamamos y quedan liberadas. El objeto donde se esconden— o la sensación, puesto que todo objeto en relación a nosotros es sensación —, podemos perfectamente no reencontrarlo jamás.  Y de esta forma hay horas de nuestra vida que no resucitarán nunca. ¡Y es que este objeto es tan pequeño, tan perdido en el mundo, hay tan pocas oportunidades de que se encuentre en nuestro camino! Hay una casa de campo donde he pasado muchos veranos de mi vida. A veces pensaba en esos veranos pero no eran los mismos. Existían grandes posibilidades de que muriesen para siempre en mí. Su resurrección se ha debido como todas las resurrecciones a un simple azar. La otra noche, habiendo vuelto helado  por la nieve, y no pudiendo calentarme, como me había puesto a leer en mi habitación bajo la lámpara, mi vieja cocinera me propuso hacerme una taza de té, que yo no tomo nunca. Y el azar hizo que me trajera algunas rebanadas de pan tostado. Mojé el pan tostado en la taza de té, y en el momento en que puse el pan tostado en mi boca y tuve la sensación de su ablandamiento penetrado de un gusto de té contra mi paladar , sentí una turbación, olores de geranios, de naranjos, una sensación de luz extraordinaria, de felicidad; quedé inmóvil, temiendo detener con un solo movimiento lo que ocurría en mi y que no comprendía, y entregándome a ese gusto del pan mojado que parecía producir tantas maravillas, de repente las exclusas sacudidas de mi memoria cedieron y fueron los veranos que yo pasaba en la casa de campo que he mencionado los que irrumpieron en mi consciencia, con sus mañanas, arrastrando con ellos el desfile, la carga incesante de horas felices. Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba vestido, bajaba a la habitación de mi abuelo que acababa de despertarse y tomaba su té. Mojaba una tostada y me la daba a comer. Y cuando esos veranos pasaron, la sensación de la tostada reblandecida en el té fue uno de los refugios donde las horas muertas — muertas para la inteligencia —fueron a acurrucarse , y dónde, sin duda, nunca las hubiese encontrado, si esa tarde de invierno, helado por la nieve, mi cocinera no me hubiera propuesto el brebaje al que la resurrección estaba unida, en virtud de un pacto mágico que yo no conocía.

                 
                           Contre Sainte Beuve. Proyectos de prólogo. Marcel Proust

lunes, 17 de enero de 2011

Marcel Proust

    Nació en un suburbio de París, entiéndase aquí suburbio en su acepción más estricta, zona urbana en la periferia de la ciudad. Proust pertenecía a una familia muy adinerada, mejor dicho multimillonaria, yo a una familia mezcla de clase media baja y proletariado rural de la España profunda. ¿Por qué alguien con unas circunstancias como las mías puede llegar a sentir esa especie de proximidad espiritual tan absoluta con el universo creado por una persona nacida casi cien años antes y de contingencias tan diferentes? ¿Qué extrañas razones y misterios de la condición humana provocan estas afinidades tan improbables?
    ¿Será que las circunstancias sociales no tienen tanta trascendencia en nuestro verdadero yo como creemos? Para Proust era tan así que pensaba, contradiciendo a Sainte Beuve, el crítico literario más conspicuo del diecinueve francés, que la obra de un escritor surgía de un estrato más profundo de la personalidad que aquel en que están depositadas su pertenencia social o su identidad cultural.
    Lo que significaría que la literatura nace de las honduras acaso insondables del ser, y está a resguardo de contingencias históricas, culturales y lingüísticas. Según esa deslumbrante idea habría un mágico hilo de Ariadna que uniría la literatura a través de los tiempos y configuraría, así,  una especie de dimensión literaria, donde no están vigentes las leyes del desarrollo histórico o social, sino unas propias.
    ¿Acaso no encontramos una afinidad literaria entre Sófocles y Shakespeare o Calderón, a pesar de que están alejados dos mil años en la historia?
    Es muy impopular y, con seguridad, extravagante, la reflexión que acabo de hacer. No podía ser de otra manera en estos tiempos en que la literatura es considerada subalterna de la condición femenina o masculina, o de la pertenencia a un país u otro, a una religión u otra.

miércoles, 12 de enero de 2011

Escribir, un enigma

   Creo que fue una tarde de verano cuando empecé a escribir sin que me lo hubieran ordenado en el colegio, lo que no deja de ser una actitud extraña.
   Debía tener 13 años, casi seguro, porque fue el verano posterior a la muerte de mi padre. Mi madre solía coser aquellas tardes de canícula en la terraza, y yo, poco amigo del aire libre, escuchaba música en un viejo tocadiscos monoaural en una pequeña habitación.   Y allí debió empezar todo, no recuerdo el momento, sólo guardo la sensación del folio sobre la mesa roja.
   No he conservado aquel texto, no sé qué fue de aquellas páginas, las guardé durante años, pero luego las vicisitudes del tiempo las han hecho desaparecer. Lo que sí intuyo es que trataría de ser un pésimo remedo de Ana Karenina o de Naná, novelas que recuerdo bien haber devorado aquel agosto con la voracidad de las primeras lecturas.
   ¿Por qué en vez de leer un tebeo, ver la televisión o trepar a los árboles del pequeño huerto, me encerré en una diminuta habitación a intentar contar algo?
   Por entonces yo debía tener una idea muy borrosa de lo que significaba ser escritor, seguramente habría visto alguna entrevista en la televisión a alguno, porque en aquella ya lejana época, en la televisión se les hacían largas entrevistas a los escritores, por extraño que pueda parecer hoy en día.
   Vargas Llosa (La verdad de las mentiras) da la interpretación más plausible que he oído para ese misterioso acto: escribimos porque el mundo, la realidad que nos ha tocado vivir no nos es grata; por eso nos aprestamos a construir otra. Esta explicación le cuadra a mi caso, porque las consecuencias hecatómbicas que el fallecimiento de mi progenitor trajo  para mí, me dejaban en una situación de insatisfacción y agravio absoluto con el mundo.
   Me quedo con las razones dadas por el Nobel, aunque echo en falta conocer el papel de la  lectura en todo este enigma. Porque antes que la voluntad de escribir aparece la de leer. Pienso que no ha existido voluntad de escribir que no haya sido precedida por la de leer y, sospecho que la sobrevive también, una vez desaparecida  el  ansia  de la escritura, agotada la cantera de las historias. Yo, desde mis primeros años, conviví con una pequeña biblioteca provista sobre todo de novelas, al fin y al cabo ficciones, historias, que me atraparon en su universo para siempre jamás. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

El llanto de los niños

Los niños lloran, por cualquier nimiedad, como si estuvieran padeciendo un suplicio. Porque les has arrebatado un juguetito que estaba en el suelo a su alcance, porque les sabe mal la papilla de verduras...El llanto apenas dura unos segundos, un ínfimo minuto, pero a mí siempre me ha perturbado. Tengo la sensación de percibir, en las profundidades de mí mismo, el llanto de todos nosotros, los quejidos atávicos y aterrorizados de los hombres de las cavernas. Como si el quejido profundo del bebé de los vecinos, amortiguado y lejano, que me despierta en la noche, fuera el ruido de fondo de la humanidad.

domingo, 14 de noviembre de 2010

El reloj


 
Horloge!  dieu sinistre, effrayant, impassible,
Dont le doigt nous menace et nous dit:"Souviens toi!”
Charles Baudelaire (L’Horloge)


Todavía hoy, tanto tiempo después de enterrar a la vieja, me parece estar oyéndolo, machacón e insistente: tic-tac, tic-tac; por eso no quiero tener relojes. 
Todo empezó cuando al viejo se le metió en la cabeza que debían venir a revisar el antiguo reloj de pared que había heredado de sus padres, porque el péndulo sonaba demasiado fuerte. No lo oyes, Pilar, ¿es que no lo oyes?, yo le dije con brusquedad que no escuchaba nada especial, que el reloj sonaba como lo que era, un trasto viejo. El mecánico relojero confirmó lo que ya sabíamos, que allí no pasaba nada. Lo cierto es que el viejo, tan activo hasta entonces, siempre de aquí para allá, empezó con los dolores de cabeza, un día sí y otro también y, cuando pasaba por la entrada donde estaba el reloj, se llevaba las manos a las sienes con un gesto de dolor, como si la débil oscilación del péndulo, sonase igual que las tamborradas de mi tierra. 
Poco a poco, el viejo fue empeorando, se encerró en su habitación, y si abrías la puerta para preguntarle como estaba, se tapaba las orejas enseguida, tal parecía que hubiese estallado una bomba. La viejecica, sorda como un tapial, no podía entender a su marido y se entristecía al ver como un hombre tan cuerdo y tan sano como el suyo daba, a la vejez, en semejantes desatinos.  Por eso, la pobre, se sentaba al lado del viejo en la habitación y le miraba con ojos de carnero degollado mientras él apretaba los dientes en un gesto de dolor. 
Al cabo, el viejo dejó de salir de la habitación porque no soportaba aquel metal taladrándole los oídos. Se pasaba las horas sentado en el silloncico de la ventana dejando que el débil sol del invierno le bañase, y sólo se calmaba un poco con las visitas de su nieta Cristina, que fue la que propuso que se tirara el reloj a la basura, pero su padre, el yerno del viejo, que era un estirado y un tacaño no quiso; porque, según él, las manías no se curan dándoles gusto a los maniáticos. Para mí que no quiso deshacerse del artefacto para que no menguase ni un ápice la herencia, como sería de agarrado el yerno que, en esos días, me propuso quedarme también por las noches a cuidar del viejo, ¡pero por el mismo dinero!, le contesté que ni de casualidad, apreciaba al viejo y a la vieja, pero no tanto como para eso. 
Un día, cuando ya estaba muy malito, me dijo: Pili ya no lo siento en el oído, lo siento en el pecho. Yo le vi tan sincero al viejo, que me acerqué hasta la entrada y pegué el oído a la caja, cerca del péndulo, pero no oí nada fuera de lo normal: tic, tac, tic, tac.
         Cuando nos quedamos solas, la vieja ya no me daba tanto quehacer y solía pasarme el día hablando con mis amigas por teléfono. Por las tardes, nada más comer, nos sentábamos las dos a ver la telenovela en la televisión de la cocina, aunque la pobre, como ella decía, sólo veía las figuras porque no se enteraba de nada. Una tarde la oí decirme:
     —Pon la tele que ya son las cuatro y nos vamos a perder la novela.
—¿Y usted cómo sabe que son las cuatro? —le contesté.
—Porque han sonado las campanadas del reloj de la entrada.
Sorda como estaba, que yo debía desgañitarme para que me entendiera, ¿cómo era posible que oyera el reloj? Fuí corriendo a la entrada y vi aterrada como marcaba las cuatro y un minuto, el minuto justo que yo había tardado en llegar a la entrada.
Por eso no quiero tener relojes, porque aún me parece estar oyéndolo, machacón e insistente: tic-tac, tic-tac, igualico que si me susurrase: te espero Pilar. 

miércoles, 10 de noviembre de 2010


Las verdaderas correspondencias

Correspondances

La Nature est un temple où de vivants piliers
Laissent parfois sortir de confuses paroles;
L'homme y passe à travers des forêts de symboles
Qui l'observent avec des regards familiers.

Comme de longs échos qui de loin se confondent
Dans une ténébreuse et profonde unité,
Vaste comme la nuit et comme la clarté,
Les parfums, les couleurs et les sons se répondent.

II est des parfums frais comme des chairs d'enfants,
Doux comme les hautbois, verts comme les prairies,
Et d'autres, corrompus, riches et triomphants,

Ayant l'expansion des choses infinies,
Comme l'ambre, le musc, le benjoin et l'encens,
Qui chantent les transports de l'esprit et des sens.

Charles Baudelaire

La Naturaleza es un templo en el que pilares vivientes
dejan, a veces, escapar confusas palabras;
el hombre atraviesa estos bosques de símbolos
que le observan con miradas familiares

Igual que lejanos ecos que de lejos se confunden
en una tenebros y profunda unidad,
vasta como la noche y como la claridad
los perfumes, los colores y los sonidos se responden.

Hay perfumes frescos como la piel de los bebes,
dulces como los oboes, verdes como las praderas,
y otros, corrompidos, ricos y triunfantes,

Y tienen la expansión de las cosas infinitas,
como el ámbar, el musgo, el benjuí y el incienso,
que cantan la conmoción del espíritu y de los sentidos.


El gran poeta, el que inaugura casi todo, nos habla en este descomunal poema de un mundo que nos susurra su unidad desde innumerables símbolos. Que la naturaleza no es más que una vasta acumulación de ecos y de metáforas que nosotros no logramos desentrañar. Yo creo que es la visión del mundo de la poesía o de la música, justo la contraria de la física, que busca compartimentar, dividir el mundo, analizarlo.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Abuanajolyojen


En un disco de 45 rpm sonaba "abuanajolyojen" de los Beatles, leíamos tebeos de Spiderman, almorzábamos tortilla de atún y nos reíamos…Y la cosa ya estaba allí. No la veíamos ni tan siquiera la presentíamos, pero fue adueñándose de la casa, y de los que la habitaban, y acabó por infectar los corazones y dejarlos resecos, sordos a los sentimientos.


http://www.youtube.com/watch?v=bg8EQdcud7Q&feature=related

martes, 2 de noviembre de 2010

A oscuras


No encuentra la manga y en su desesperación estira con fuerza el brazo y desgarra el suéter. Hace tan solo dos días que llegó, creo que se llama Vázquez o Pérez o algo así muy vulgar. Parte de la mano le asoma por el roto, intenta sacarla, veo sus dedos debatirse como marionetas. Vuelve a intentarlo, estira el brazo con fuerza y la inercia le hace caer de culo sobre el camastro, le siento bufar. Una tenue luz que entra por el ventanuco que hay sobre mi cabeza le alcanza como un rayo de sol y me permite verle,mis ojos ya están acostumbrados a la oscuridad, son dos años aquí, pero él no tiene esa suerte o esa desgracia. Sentado sobre el catre, cuando yo pensaba que había perdido las eperanzas, logra sacar la mano del agujero, entonces con renovadas energías busca otra vez la manga y lo consigue.

Todos hemos pasado por eso, la desesperación inicial, la idea inmediata de escamotear la ropa de la taquilla que permanece cerrada por las noches, ocultarla debajo de la almohada y esperar la llegada de la noche. Creía que la manga izquierda iba a ser más fácil pero se le resiste, pugna de manera incansable por conseguir introducir el brazo, se tranquiliza un poco y lo hace con suavidad y concentrándose, al fin consigue calarse el jersey por completo.

Apenas he cruzado unas palabras con él, pero parece decidido, sincero y valiente; claro que todos somos así al principio. Suspira sentado en la cama, luego se pone de pie y, a la palpa, busca debajo de la almohada los pantalones. Yo recuerdo mi noche, conseguimos auparnos hasta la ventana, salir al patio y llegar hasta el muro, luego...

Sostiene los pantalones con las dos manos, levanta la pierna izquierda, titubea un poco y salta dos veces a la pata coja pero al final introduce la pierna en el camal, ¡quizás lo consiga!, de pronto, el pie se le engancha en la pernera, trastabilla hacia atrás y va a golperase contra las taquillas, un estruendo metálico inunda la sala, siento tras de mí los ojos de todos los compañeros clavados en esa figura apoyada en los armarios con una pierna dentro del pantalón y la otra fuera, pero nadie dice nada, un silencio espeso nos mantiene a todos rígidos, esperamos acontecimientos, uno, dos, tres, cuatro minutos... Nada, puede que no lo hayan oído. Entonces se saca el pantalón y haciendo un gurruño con él se lo mete bajo el suéter, a toda prisa y con destreza inusitada para la oscuridad que hay, se coloca debajo de la ventana y de puntillas se agarra al alféizar y...resuena el sonido de los focos encendiéndose, la puerta del fondo del corredor se abre; él se da la vuelta, saca el pantalón de debajo del suéter y mientras los ve acercándose termina de ponérselos tranquilamente.

jueves, 27 de mayo de 2010

¿Orgullo?


Volviendo a ver la última adaptación de Hollywood sobre Orgullo y prejuicio de Jane Austen, me pregunto dónde está el orgullo de Elizabeth Bennet. ¿Acaso podía hacer otra cosa cuando rechaza a Darcy? En la película sucede en un precioso templete circular bajo una lluvia torrencial, como siempre en el cine. Darcy sí muestra todos sus prejuicios de clase cuándo le espeta entre dolido y perplejo: "¿Me rechaza?" ella después de algunas frases le dice algo así: "...me ha ofendido diciéndome que me quiere contra los dictados de su voluntad" porque él le ha dicho que ha sostenido una terrible lucha para evitar esta pasión inconveniente desde el punto de vista social y, después, le dirá que todo en su familia es reprobable excepto ella y su hermana: "...excluyo a su hermana Jane y a usted de ese comentario..." (las citas son de memoria, no son exactas pero sí aproximadas). Es cierto que Darcy le está hablando con toda la sinceridad del mundo, pero profiere palabras muy duras: todo lo que la rodea, toda su vida, sus afectos, su mundo, es deleznable para mí, excepto usted. Y Lizzie se alza enorme, plena de dignidad, monumental, para rechazar al aristócrata; que no contaba con aquel repudio, que pensaba que su decisión, la capitulación de sus sentimientos de clase ante su corazón, era todo lo que tenía que hacer para conseguirla. La escena es el clímax de la novela, de hecho yo creo que el happy end final es una concesión a las costumbres literarias de la época, pero Austen no tenía mucho más que contar, aunque todavía nos regala el sublime pugilato entre Lizzie y la tía de Darcy. Yo creo que Elizabeth Bennet actúa con dignidad, quizás la novela debería haberse titulado Dignidad y prejuicio, ¿no?

martes, 9 de febrero de 2010

Fuendetodos, un pueblecito de Zaragoza


Estas navidades visitamos Fuendetodos, es un pueblo minúsculo, sobrio, como corresponde a un lugar que linda con los Monegros. Aparentemente no tiene nada de especial, uno de tantos pueblos de la España despoblada del interior, algún rincón bonito, alguna foto pintoresca que echar...Pero en el restaurante donde comimos nos enseñan un libro de firmas de visitantes ilustres: Gunter Grass, Fernando Savater, Camilo José Cela...la respuesta a todas estas visitas a tan escondido pueblo es que allí nació uno de los grandes genios del arte: Francisco de Goya y Lucientes. Era hijo de un dorador, aquellos artesanos que se dedicaban a aplicar un pátina áurea a los retablos de madera de la época, por tanto era una familia humilde para la época. Una familia humilde, un pueblo escondido tras un desierto, ¿por qué surge el genio en tal lugar? ¿cuáles son los inextricables mecanismos del espíritu que provocan semejante prodigio? Quizás si pensamos en Miguel Ángel o en Leonardo creciendo en la Florencia de la revolución cultural del siglo XV, pueda parecer previsible o incluso razonable. Pero en los monegros...¿Acaso el genio humano depende del azar? Paseando por la casa museo, casa donde nació el prodigio y donde correteó de niño, trato de aprehender algo del ambiente, un no se qué, una pista que responda a mi inquietud, pero no hay nada. Ahí queda Fuendetodos, pueblecito minúsculo, recio, frio y misterioso.

jueves, 24 de septiembre de 2009

CULTURA | 'Level 26'

La 'diginovela' combina libro, película y página web

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