martes, 29 de noviembre de 2011

Anita


Ana, somnolienta, dejó caer el libro sobre su regazo.
Apenas si recordaba la última frase leída… Ana, somnolienta, dejó caer el libro sobre su regazo.

martes, 28 de junio de 2011

A una que pasa, un poema que inaugura la modernidad

Por primera vez se escribe un poema a una persona desconocida, a alguien que pasa por delante en la calle. Es el primer poema a la multitud anónima, a la masa, porque los desconocidos son la masa para nosotros. Baudelaire es el primero que ve materia poética en un personaje típicamente urbano, porque los desconocidos  solo existen en la ciudad, en esa ciudad que estalla en el siglo XIX y se impone a las formas de vida rural.
En fin, un poema iniciático, inaugurador de la poesía  moderna y hermosísimo por añadidura. He osado, o más bien perpetrado, una traducción rimada, ¡que Baudelaire me perdone!, aunque no lo haría.


A una passante

La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d'une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l'ourlet;

Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l'ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.

Un éclair... puis la nuit! - Fugitive beauté
Dont le regard m'a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l'éternité?

Ailleurs, bien loin d'ici! trop tard! jamais peut-être!
Car j'ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
O toi que j'eusse aimée, ô toi qui le savais!

A una que pasa

La calle ensordecedora  en torno a mí aullaba.
Alta, delgada, en luto de un dolor majestuoso,
Una dama vi pasar, con ademán fastuoso,
El dobladillo y el festón  balanceaba y elevaba;

Ágil y noble, con sus piernas de escultura.
Y yo bebí, crispado como un animal,
En sus ojos,  donde se gestaba el huracán,
El asesino placer y la letal  dulzura.

Un destello... tras él la noche, ¡fugaz beldad!
tu mirada de súbito me hizo revivir,
¿Y no te volveré a ver más que en la eternidad?

Más allá, ¡quizá jamás!, ¡pero lejos de aquí!
Yo ignoro dónde  huyes... tú no sabes  dónde voy,
Sabes que te habría amado, en tus ojos lo vi.

sábado, 2 de abril de 2011

El origen de la magdalena de Proust

Despues de muchos días y mucho esfuerzo y trabajo, retomo este querido espacio para hablar de literatura y qué mejor manera de hacerlo que evocar los orígenes de la famosa magdalena proustiana y de las reminiscencias del tiempo, tesis principal de La recherche.  La traducción es propia, un fragmento de la traducción inacabada, aplazada, añorada de Contre Sainte Beuve que incié hace unos años

                                           *

Cada día concedo menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que es fuera de ella donde el escritor puede recuperar una parte de nuestras impresiones pasadas, es decir alcanzar algo de él mismo es la única materia del arte. Lo que la inteligencia nos devuelve bajo el nombre del pasado no es el pasado. En realidad, como les sucede a los espíritus de los muertos en ciertas leyendas populares, cada hora de nuestra vida, enseguida muerta, se encarna y se oculta en algún objeto material. Esas horas de vida quedan cautivas, para siempre cautivas, a menos que reencontremos el objeto. A través de él las reconocemos, las llamamos y quedan liberadas. El objeto donde se esconden— o la sensación, puesto que todo objeto en relación a nosotros es sensación —, podemos perfectamente no reencontrarlo jamás.  Y de esta forma hay horas de nuestra vida que no resucitarán nunca. ¡Y es que este objeto es tan pequeño, tan perdido en el mundo, hay tan pocas oportunidades de que se encuentre en nuestro camino! Hay una casa de campo donde he pasado muchos veranos de mi vida. A veces pensaba en esos veranos pero no eran los mismos. Existían grandes posibilidades de que muriesen para siempre en mí. Su resurrección se ha debido como todas las resurrecciones a un simple azar. La otra noche, habiendo vuelto helado  por la nieve, y no pudiendo calentarme, como me había puesto a leer en mi habitación bajo la lámpara, mi vieja cocinera me propuso hacerme una taza de té, que yo no tomo nunca. Y el azar hizo que me trajera algunas rebanadas de pan tostado. Mojé el pan tostado en la taza de té, y en el momento en que puse el pan tostado en mi boca y tuve la sensación de su ablandamiento penetrado de un gusto de té contra mi paladar , sentí una turbación, olores de geranios, de naranjos, una sensación de luz extraordinaria, de felicidad; quedé inmóvil, temiendo detener con un solo movimiento lo que ocurría en mi y que no comprendía, y entregándome a ese gusto del pan mojado que parecía producir tantas maravillas, de repente las exclusas sacudidas de mi memoria cedieron y fueron los veranos que yo pasaba en la casa de campo que he mencionado los que irrumpieron en mi consciencia, con sus mañanas, arrastrando con ellos el desfile, la carga incesante de horas felices. Entonces me acordé: todos los días, cuando estaba vestido, bajaba a la habitación de mi abuelo que acababa de despertarse y tomaba su té. Mojaba una tostada y me la daba a comer. Y cuando esos veranos pasaron, la sensación de la tostada reblandecida en el té fue uno de los refugios donde las horas muertas — muertas para la inteligencia —fueron a acurrucarse , y dónde, sin duda, nunca las hubiese encontrado, si esa tarde de invierno, helado por la nieve, mi cocinera no me hubiera propuesto el brebaje al que la resurrección estaba unida, en virtud de un pacto mágico que yo no conocía.

                 
                           Contre Sainte Beuve. Proyectos de prólogo. Marcel Proust

lunes, 17 de enero de 2011

Marcel Proust

    Nació en un suburbio de París, entiéndase aquí suburbio en su acepción más estricta, zona urbana en la periferia de la ciudad. Proust pertenecía a una familia muy adinerada, mejor dicho multimillonaria, yo a una familia mezcla de clase media baja y proletariado rural de la España profunda. ¿Por qué alguien con unas circunstancias como las mías puede llegar a sentir esa especie de proximidad espiritual tan absoluta con el universo creado por una persona nacida casi cien años antes y de contingencias tan diferentes? ¿Qué extrañas razones y misterios de la condición humana provocan estas afinidades tan improbables?
    ¿Será que las circunstancias sociales no tienen tanta trascendencia en nuestro verdadero yo como creemos? Para Proust era tan así que pensaba, contradiciendo a Sainte Beuve, el crítico literario más conspicuo del diecinueve francés, que la obra de un escritor surgía de un estrato más profundo de la personalidad que aquel en que están depositadas su pertenencia social o su identidad cultural.
    Lo que significaría que la literatura nace de las honduras acaso insondables del ser, y está a resguardo de contingencias históricas, culturales y lingüísticas. Según esa deslumbrante idea habría un mágico hilo de Ariadna que uniría la literatura a través de los tiempos y configuraría, así,  una especie de dimensión literaria, donde no están vigentes las leyes del desarrollo histórico o social, sino unas propias.
    ¿Acaso no encontramos una afinidad literaria entre Sófocles y Shakespeare o Calderón, a pesar de que están alejados dos mil años en la historia?
    Es muy impopular y, con seguridad, extravagante, la reflexión que acabo de hacer. No podía ser de otra manera en estos tiempos en que la literatura es considerada subalterna de la condición femenina o masculina, o de la pertenencia a un país u otro, a una religión u otra.

miércoles, 12 de enero de 2011

Escribir, un enigma

   Creo que fue una tarde de verano cuando empecé a escribir sin que me lo hubieran ordenado en el colegio, lo que no deja de ser una actitud extraña.
   Debía tener 13 años, casi seguro, porque fue el verano posterior a la muerte de mi padre. Mi madre solía coser aquellas tardes de canícula en la terraza, y yo, poco amigo del aire libre, escuchaba música en un viejo tocadiscos monoaural en una pequeña habitación.   Y allí debió empezar todo, no recuerdo el momento, sólo guardo la sensación del folio sobre la mesa roja.
   No he conservado aquel texto, no sé qué fue de aquellas páginas, las guardé durante años, pero luego las vicisitudes del tiempo las han hecho desaparecer. Lo que sí intuyo es que trataría de ser un pésimo remedo de Ana Karenina o de Naná, novelas que recuerdo bien haber devorado aquel agosto con la voracidad de las primeras lecturas.
   ¿Por qué en vez de leer un tebeo, ver la televisión o trepar a los árboles del pequeño huerto, me encerré en una diminuta habitación a intentar contar algo?
   Por entonces yo debía tener una idea muy borrosa de lo que significaba ser escritor, seguramente habría visto alguna entrevista en la televisión a alguno, porque en aquella ya lejana época, en la televisión se les hacían largas entrevistas a los escritores, por extraño que pueda parecer hoy en día.
   Vargas Llosa (La verdad de las mentiras) da la interpretación más plausible que he oído para ese misterioso acto: escribimos porque el mundo, la realidad que nos ha tocado vivir no nos es grata; por eso nos aprestamos a construir otra. Esta explicación le cuadra a mi caso, porque las consecuencias hecatómbicas que el fallecimiento de mi progenitor trajo  para mí, me dejaban en una situación de insatisfacción y agravio absoluto con el mundo.
   Me quedo con las razones dadas por el Nobel, aunque echo en falta conocer el papel de la  lectura en todo este enigma. Porque antes que la voluntad de escribir aparece la de leer. Pienso que no ha existido voluntad de escribir que no haya sido precedida por la de leer y, sospecho que la sobrevive también, una vez desaparecida  el  ansia  de la escritura, agotada la cantera de las historias. Yo, desde mis primeros años, conviví con una pequeña biblioteca provista sobre todo de novelas, al fin y al cabo ficciones, historias, que me atraparon en su universo para siempre jamás. 

jueves, 25 de noviembre de 2010

El llanto de los niños

Los niños lloran, por cualquier nimiedad, como si estuvieran padeciendo un suplicio. Porque les has arrebatado un juguetito que estaba en el suelo a su alcance, porque les sabe mal la papilla de verduras...El llanto apenas dura unos segundos, un ínfimo minuto, pero a mí siempre me ha perturbado. Tengo la sensación de percibir, en las profundidades de mí mismo, el llanto de todos nosotros, los quejidos atávicos y aterrorizados de los hombres de las cavernas. Como si el quejido profundo del bebé de los vecinos, amortiguado y lejano, que me despierta en la noche, fuera el ruido de fondo de la humanidad.

domingo, 14 de noviembre de 2010

El reloj


 
Horloge!  dieu sinistre, effrayant, impassible,
Dont le doigt nous menace et nous dit:"Souviens toi!”
Charles Baudelaire (L’Horloge)


Todavía hoy, tanto tiempo después de enterrar a la vieja, me parece estar oyéndolo, machacón e insistente: tic-tac, tic-tac; por eso no quiero tener relojes. 
Todo empezó cuando al viejo se le metió en la cabeza que debían venir a revisar el antiguo reloj de pared que había heredado de sus padres, porque el péndulo sonaba demasiado fuerte. No lo oyes, Pilar, ¿es que no lo oyes?, yo le dije con brusquedad que no escuchaba nada especial, que el reloj sonaba como lo que era, un trasto viejo. El mecánico relojero confirmó lo que ya sabíamos, que allí no pasaba nada. Lo cierto es que el viejo, tan activo hasta entonces, siempre de aquí para allá, empezó con los dolores de cabeza, un día sí y otro también y, cuando pasaba por la entrada donde estaba el reloj, se llevaba las manos a las sienes con un gesto de dolor, como si la débil oscilación del péndulo, sonase igual que las tamborradas de mi tierra. 
Poco a poco, el viejo fue empeorando, se encerró en su habitación, y si abrías la puerta para preguntarle como estaba, se tapaba las orejas enseguida, tal parecía que hubiese estallado una bomba. La viejecica, sorda como un tapial, no podía entender a su marido y se entristecía al ver como un hombre tan cuerdo y tan sano como el suyo daba, a la vejez, en semejantes desatinos.  Por eso, la pobre, se sentaba al lado del viejo en la habitación y le miraba con ojos de carnero degollado mientras él apretaba los dientes en un gesto de dolor. 
Al cabo, el viejo dejó de salir de la habitación porque no soportaba aquel metal taladrándole los oídos. Se pasaba las horas sentado en el silloncico de la ventana dejando que el débil sol del invierno le bañase, y sólo se calmaba un poco con las visitas de su nieta Cristina, que fue la que propuso que se tirara el reloj a la basura, pero su padre, el yerno del viejo, que era un estirado y un tacaño no quiso; porque, según él, las manías no se curan dándoles gusto a los maniáticos. Para mí que no quiso deshacerse del artefacto para que no menguase ni un ápice la herencia, como sería de agarrado el yerno que, en esos días, me propuso quedarme también por las noches a cuidar del viejo, ¡pero por el mismo dinero!, le contesté que ni de casualidad, apreciaba al viejo y a la vieja, pero no tanto como para eso. 
Un día, cuando ya estaba muy malito, me dijo: Pili ya no lo siento en el oído, lo siento en el pecho. Yo le vi tan sincero al viejo, que me acerqué hasta la entrada y pegué el oído a la caja, cerca del péndulo, pero no oí nada fuera de lo normal: tic, tac, tic, tac.
         Cuando nos quedamos solas, la vieja ya no me daba tanto quehacer y solía pasarme el día hablando con mis amigas por teléfono. Por las tardes, nada más comer, nos sentábamos las dos a ver la telenovela en la televisión de la cocina, aunque la pobre, como ella decía, sólo veía las figuras porque no se enteraba de nada. Una tarde la oí decirme:
     —Pon la tele que ya son las cuatro y nos vamos a perder la novela.
—¿Y usted cómo sabe que son las cuatro? —le contesté.
—Porque han sonado las campanadas del reloj de la entrada.
Sorda como estaba, que yo debía desgañitarme para que me entendiera, ¿cómo era posible que oyera el reloj? Fuí corriendo a la entrada y vi aterrada como marcaba las cuatro y un minuto, el minuto justo que yo había tardado en llegar a la entrada.
Por eso no quiero tener relojes, porque aún me parece estar oyéndolo, machacón e insistente: tic-tac, tic-tac, igualico que si me susurrase: te espero Pilar.